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¿QUÉ PASA CON LA INFLACIÓN?

¿QUÉ PASA CON LA INFLACIÓN?

¿QUÉ PASA CON LA INFLACIÓN?

Columna publicada en diario El Economista el 30/11/2016.

 

por Martín Kalos

 

Desde 2007, Argentina se ha acostumbrado a una inflación elevada, con un centro gravitacional alrededor de 25% anual del cual se apartaba momentáneamente durante el año de peor desempeño productivo (2009, cuando bajó a cerca de 15%) y los de mayores devaluaciones (2014 y 2016, en los que llegó a superar el 40% interanual).

 

En noviembre de 2015, Mauricio Macri afirmó que “nuestro problema no son el cepo o la inflación, que son cosas que se resuelven de manera relativamente fácil”. ¿Qué falló en ese diagnóstico para que la inflación, en lugar de moderarse, se exacerbara, y cómo influye en la inflación esperada para 2017?

 

Una aproximación

 

La inflación en Argentina es un fenómeno multicausal. En 2007, una primera causa fue el exceso de demanda (respecto de los niveles normales de utilización de su capacidad instalada), en sectores que proveían insumos generales a la producción nacional, como el energético. Además, la emisión se aceleraba levemente, explicando una parte menor de la inflación a través precisamente de su impacto en la demanda agregada de esos años. Otro factor radicaba en el aumento de los precios internacionales de los productos que Argentina exporta y consume, como granos y oleaginosas (en 2010, se sumaría el alza en la carne) y en el petróleo, que en 2007 nuestro país comenzaba a importar y que desde 2008 también elevó su cotización internacional.

 

Ciertamente, las negociaciones paritarias incorporan un fuerte mecanismo de transmisión inercial. Cada año, los trabajadores intentan recomponer el poder adquisitivo perdido contra la inflación en los períodos previos, generalmente con éxito relativo. Por ejemplo, el salario real que el sector privado registrado tenía a fines de 2001 (es decir, previo a la devaluación de enero de 2002) fue igualado recién en la segunda mitad de 2005, y se estancó luego, aunque con marcados vaivenes y momentos de deterioro focalizados en los años no electorales (2008, 2010, 2014 y 2016).

 

Para colmo, este sector de trabajadores privados registrados es el que más poder de negociación tiene. En mucho peor situación están aún los trabajadores públicos, privados no registrados (“en negro”), y desde ya los que carecen de un salario. Para los sectores de menores recursos, además, la suba de precios de alimentos y bebidas (por encima del promedio de inflación) es especialmente cruel.

 

Presente y futuro

 

En 2016 el panorama es muy distinto. El Gobierno de Macri realizó un diagnóstico muy claro de la inflación: la causa estaba en la emisión monetaria (en 2015, 32% más que en 2014), principalmente para financiar el déficit financiero del Tesoro. Consecuentemente, en los primeros nueve meses de 2016 redujo la tasa de emisión al 28% interanual. Sin embargo, la inflación se disparó hasta 41%-47% (según la provincia). Es decir que la política monetaria explícitamente contractiva del BCRA no logró impedir una aún mayor suba de precios.

 

La explicación de esta aceleración inflacionaria reside en dos causas que el Gobierno decidió ignorar. Primero, la devaluación de fines de 2015, para la cual Alfonso Prat-Gay había diagnosticado que no impactaría en los precios porque el tipo de cambio oficial “no afectaba a nadie”. Se sumó luego la suba de tarifas energéticas: desde el Ministerio de Energía razonaban que no generaría un incremento en los precios finales de venta de las industrias y comercios afectados. Ambos razonamientos se demostraron erróneos.

 

En este esquema, ¿qué puede esperarse para 2017?

 

El tipo de cambio seguramente funcione como un ancla relativa, elevando su cotización menos que el resto de los precios: tanto por la necesidad (política en un año electoral) de aliviar la pérdida de poder adquisitivo en 2016, como por la entrada de divisas por el blanqueo y las múltiples oportunidades de ganancia rápida (bicicletas financieras incluidas) en activos argentinos. Las tarifas, en cambio, volverán a actuar como combustible para la inflación si se verifican los aumentos previstos.

 

La suba salarial dependerá de la fuerza al negociar de los sindicatos y las patronales, pero seguramente implique una recuperación sólo parcial de lo perdido en 2016. De no haber sorpresas, no actuarán otros mecanismos: recién cuando el crecimiento económico se consolide podría haber nuevamente un exceso de demanda (y, por tanto, no se verifica por ahora ese gran canal de transmisión de emisión monetaria a precios) y, por otra parte, los precios internacionales de commodities no aumentarían en forma generalizada.

 

Con estas pautas, la inflación seguramente retorne a los niveles de años pasados, aunque aún por encima del 12%-17% que pretende el Gobierno.

 

(*) Director de EPyCA Consultores. @martinkalos